domingo, 11 de noviembre de 2007

Historia de una relación

Años atrás, siempre fue para mí una sombra, fría y distante que no dejaba que nadie se acercase sin pedir permiso primero. Procuraba mantenerme a una distancia prudente, no parecía gustarle demasiado. Pero empezamos a cuidar de la misma persona, mimarla para que saliera de su tan difícil existencia y nos fijamos el uno en el otro. Nuestra relación comenzó en el mismo momento en el que reímos juntos.

Antes de que pudiera darme cuenta, nos buscábamos con la mirada a través de la gente, sin dejar de movernos al ritmo de la música. Un par de tíos se acercaron a mí, proponiéndome algo que me hizo reír a carcajadas ante su asombro y continúe mi camino cruzando el río de personas que nos impedían vernos con claridad. Ahora podía verlo, más cerca, rodeado de amigos y con aquella sonrisa que provocaba unas ligeras arrugas en la piel cercana al rabillo del ojo.

Me di cuenta de que se preocupaba por mi bienestar cuando comenzó a sorprenderme con pequeños detalles. Detalles que me hicieron sentir como en casa con un completo desconocido, el cual se había molestado en conocer mis gustos, mis manías y mi sentido del humor…”Cuando ella no esté”, me decía, “yo quiero seguir viéndote”. La primera vez que oí estas palabras, sentí esa conexión, pero no las creí de verdad hasta que un día me vi sentada en su sofá, los dos solos, sin más música que nuestras voces, como mucho algún disco al que la mayoría de las veces no hacíamos demasiado caso.

Alargó el brazo hacia mí sin girar la cabeza ofreciéndome un cigarrillo, un cigarrillo con marca de nombre imposible que había comprado en algún lugar donde los hombres viven y las mujeres se dedican a intentar pasar lo más desapercibidas posibles. Lo cogí, sin poder evitar esbozar una sonrisa nada inocente. Su mejor amigo sacó el mechero de un bolsillo del pantalón y lo encendió comentándome al oído algo sobre drogarnos juntos en el baño. Negué con la cabeza exhalando el humo de mi primera calada. Se marchó hacia el aseo en compañía de otra persona.

Empecé a darme cuenta de que estaba equivocada. Que aquel ser distante era, en realidad, alguien que había sufrido lo indecible y aún así siempre tenía una sonrisa en los labios. Siempre viví la otra verdad, no fui consciente del daño infringido hasta que me metí de lleno en su vida.

El móvil empezó a sonarme, lo saqué del bolsillo y descubrí que era su número entre extrañada y divertida. "¿Hola?”, contesté yo. “¿Dónde estás? No te veo”, me dijo una voz grave y pausada. Comencé a sonreír de camino, me hice paso entre la gente y le cogí por detrás. “¿Dónde voy a estar?”, contesté entre risas. “Pensé que te habías ido sin decirme nada”, dijo.

Y me quedé…

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