martes, 27 de noviembre de 2007

Un día de lluvia

Si hoy hubiera podido elegir, me habría quedado en la cama, arropada con el nórdico, en completo silencio. Me habría encantado sentir a mi niño haciéndose un ovillo a mis pies, dándome calorcito con su cuerpo. Habría abierto los ojos un par de veces sólo para disfrutar que el tiempo se ha parado para mí, que nadie va a interrumpir mi tan deseada soledad, que mi casa es sólo mía.

Cuando empezara a notar el entumecimiento propio del que apenas se mueve, me levantaría de la cama. Me dirigiría al salón y encendería la tele, pero no para verla, sino para oírla. Pondría un cd tranquilo en el dvd y abriría un buen libro, uno que realmente me tuviera enganchada. Probablemente pasarían un par de horas hasta que el hambre reforzara su presencia. En la cocina, tendría preparado algo apetitoso que tomaría en el sofá, con los pies sobre la mesita, mientras veo pero no miro un programa insulso de televisión.

Al terminar de comer, me dirigiría al estante de las películas para elegir la que más a tono vaya con mi humor, algo tranquilo, que no me desvele demasiado ya que habría empezado a tener el típico sueño de la tarde y me sentaría de nuevo en el sofá con mi gato y la mantita tras pulsar “play”.

Entonces miraría la mesa, llena de cosas y vería que aún queda algo de marihuana en una pequeña bolsa de plástico que algún amigo habría olvidado en un descuido. O quizá la habría reservado para mí. Liaría un pequeño porro y dejaría que el suave humo de la hierba impregnara el ambiente. Poco a poco mis músculos se relajarían hasta que el peso de mis párpados fuera mayor que mis ganas de seguir consciente. Caería rendida para tener un dulce sueño en el que alguien me mima sin pedir nada a cambio.

Al despertar, sería ya media tarde y alguna amiga llamaría por sorpresa a mi puerta. Reiríamos juntas y planearíamos algún viaje que nos hiciera sentir libres. Tras unas cuantas bebidas y algo de maría, encargaríamos algo de cena por teléfono tras debatir si el queso es o no un elemento imprescindible en las pizzas.

Ya entrada la madrugada, ella decidiría quedarse a dormir, se ha hecho tarde y mi casa le queda más cerca del trabajo que la suya, así que le haría un hueco en mi colchón para que los tres: mi niño peludo, ella y yo, durmiéramos plácidamente.


Y entonces, cerraría los ojos sintiéndome feliz. Tranquila y feliz.

2 comentarios:

Kichiaya dijo...

¡Qué lindos los días de lluvia! Cuando te acurrucas en el sofá con una mantita a ver la peli de los domingos con alguien especial.

Blau dijo...

Qué bonito día.